07 junio 2012

Dejadme que os hable de mi padre

Lejos de identificarme yo con los desvaríos del psicoanálisis, los padres marcan una influencia importante en la vida de cualquiera. Hace dos días ha fallecido uno de ellos y me ha parecido importante hablaros de quiénes son y sobre todo, quién era el difunto.

Mis padres se llaman Will y Ray. Sí, ellos son muy conscientes de lo cómico que resulta la combinación. Eran una de esas parejas atípicas; un par de viejos más enamorados de su trabajo que de sí mismos o de los miles de hijos que tienen dispersos por la tierra. Ray tenía edad suficiente para ser el padre de Will y hasta para ser mi bisabuelo. Noventa y dos años, ni más ni menos.

Otro día os hablaré más de Will, pero entenderéis que recién fallecido mi otro padre, me centre en él. Ray Douglas Bradbury era escritor. Narraba sobre todo ciencia ficción y a la vez, para algunos, nunca lo hizo o estuvo más allá del género. Está mal que lo diga un admirador, pero mi padre escribía muy bien. No bien en plan "es un libro muy bonito", sino "joder, este cabrón es bueno de verdad"

Yo siempre quise ser como mis padres. Dado que escribo sobre todo historias no fantásticas y juegos de rol de terror, esa afirmación parece poco acertada. Claro, uno no sale en todo a sus progenitores. Buscas tu propio camino y haces lo que se te da mejor (espero) pero siempre te fijas en ellos y si los admiras lo suficiente querrías hacer algo parecido, sobre todo si son excelentes en lo suyo. Inevitablemente, en mis historias y módulos de rol siempre estarán los cuentos de Ray, y cada vez que escriba ciencia ficción me veré obligado a caminar detrás de él, muy detrás, construyendo un parque de atracciones literarias sobre la hierba iánida de Marte para sacrificarlo en su honor.

Hay poco de Ray que os pudiera contar que no sepáis igual o mejor que yo. Nos enseñó que la cultura es más importante y duradera que el orden, que nuestra especie destruye sus sueños apenas los alcanza, que el futuro se escribe para prevenirse y la nostalgia del bien puede ser tan valiosa como la última manzana dorada al sol para un hambriento. Nos habló más del estío y del otoño que de la primavera o el invierno. De la pureza. Del miedo y la pérdida. De la bondad y la siempre necesaria resistencia en ella frente al cobarde. También de brillantes aceros en el cielo, astronautas perdidos en sí mismos, sociedades soñadas o presentidas, magia y lugares oscuros, robots y personas, sobre todo personas.

Ray Bradbury nos ha dejado huérfanos pero repletos, aprovisionados. Emprende su viaje, enfundado en un traje de vacío, armado con un lanzallamas, recostado en su oxidado cohete y con una buena provisión de vino de diente de león. Los motores se encienden. Sin moverse, el cohete tiembla, fluctúa como el calor que nace del suelo un día caluroso y desaparece. Regresa.

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